Miradas a lo minimalista
- 28 mar 2017
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Otro Martes más nos encontramos visitando unos de los edificios de Barcelona que nos remueve sentimientos y nos provoca reacciones. Y está clarísimo, que el edificio de esta semana no deja indiferente a nadie. Es una edificación que odias o amas, la verdad que formamos parte del segundo grupo. Un edificio que muestra la simpleza de la arquitectura y sus líneas puras. Una edificación emblemática que se quiso recuperar en su momento. Estamos hablando del Pabellón Alemán situado en la Av. De Francesc Ferrer i Guàrdia núm.7 (Barcelona).

Esta edificación fue diseñada por Ludwig Mies van der Rohe. Es la edificación que representaba a la arquitectura alemana en la Exposición Internacional de Barcelona de 1929. El edificio pretende simbolizar el carácter progresista y democrático de la nueva República de Weimar y su recuperación tras la pasada Primero Guerra Mundial. El pabellón se constituyó en uno de los hitos de la historia de la arquitectura moderna ya que en él se plasma de manera rotunda y sin duda alguna las ideas del Movimiento Moderno, que se estaban creando en la época.
La edificación fue desmantelada tras la exposición de 1930, pero en la década de los 80 se instaura la idea de reconstruir este idílico pabellón
Mies van der Rohe fue quien eligió el emplazamiento del Pabellón de Alemania dentro del recinto de la Exposición Internacional. Se le había asignado un lugar cercano a la fuente mágica pero prefirió un lugar un poco más apartado, alejado del ruido del eje principal donde se encontraban los grandes edificios construidos para la ocasión.

A pesar de la solicitación de preservar este edificio por su gran popularidad y gran aclamación, las dificultades económicas que atravesaba el estado alemán provocaron la finalización de la exposición. El pabellón fue desmontado en Enero de 1930. Toda la estructura metálica de la edificación fue vendida allá mismo y las piezas de mármol fueron devueltas a Alemania.

Con el paso del tiempo la obra fue ganando más reconocimiento, aún, como referente clave para la historia de la arquitectura del siglo XX. Por ello, en 1954 como iniciativa de Oriol Bohigas se empieza a gestar la idea de la reconstrucción del edificio en su emplazamiento original. Esta idea se materializa en 1980 con la reconstrucción de ello.
De este pabellón sorprende el modesto tamaño del edificio ya que es incluso más pequeño que una vivienda unifamiliar. Esta edificación se encuentra elevada respecto el entorno mediante un podio traverino, una roca sedimentaria de origen biogenico. Consta de una superficie de unos 1000 metros cuadrados.
El acceso al pabellón no es de manera directa sino que se hace de forma tangencial a través de unos 8 peldaños que forman la escalera principal de acceso oculto a la vista desde el camino principal. El edificio explota el novedoso concepto, de aquel entonces: planta libre y una continuidad espacial.
Nada más subir esos peldaños encuentras una gran balsa de agua de unos 30 cm de profundidad donde en el fondo encuentras piedras de río erosionadas recordando a aquellos lagos creados en la cultura oriental que transmiten paz y serenidad. Una gran edificación se halla a tu alrededor con unos materiales que transmiten pureza y naturaleza por cada rincón del pabellón. Es famoso por la fusión entre las distintas zonas y la intencionada disolución de las fronteras entre los espacio interiores y exteriores, creando un recorrido fluido y continuo.

Encontramos un juego libre de planos exentos y fluidez de espacios gracias a la transparencia de los grandes paños acristalados y los reflejos de las distintas superficies. Pretende transmitir la idea de libertad y progreso de la nueva república alemana. La construcción se resolvió con acero, cristal, y cuatro tipos de mármoles: travertino romano, mármol verde de los Alpes, mármol verde antiguo de Tinos y ónice doré del Atlas africano.
El bloque de ónice original condicionó la altura final del pabellón. Mies sabía que no se podía cortar piedra en invierno, debido a que la piedra húmeda recién cortada corría el riesgo de fracturarse por las heladas. Por lo que decidió entonces dar al pabellón una altura igual al doble de la altura del bloque, adoptando una altura libre de 3,10 metros.

El pabellón está influenciado por el neoplasticismo entre otras influencias como la de la arquitectura japonesa, comentada anteriormente en el caso de los lagos, y suprematismo. Se puede dividir en 4 zonas: el espacio ceremonial central, la zona de administración separada de la zona central en otro prisma, y dos zonas descubiertas: la terraza principal y el patio sur.
Mies van der Rohe no dejo nada a la suerte y por ello, diseño hasta los muebles que se encuentran en la edificación. La pieza más representativa fue una silla, bautizada como “silla Barcelona” con cuero y perfiles tubulares de acero inoxidable.
La cubierta principal, realizada en hormigón armado, está soportada por ocho pilares metálicos con forma de cruz y revestidos de acero cromado. La elección de la sección en cruz supuso una novedad formal con respecto a los pilares de la época, habitualmente cilíndricos. Los muros de mármol se soportan mediante una estructura metálica mientras que los del núcleo de servicio, son de hormigón armado y si tienen función estructural. Los cerramientos acristalados emplean vidrio verde, negro, gris y blanco transparente.

La impresión total es la de un espacio lujoso creado mediante planos perpendiculares en las tres dimensiones. Complementa la obra una escultura de Georg Kolbe: Der Morgen («La Mañana»), un escaso mobiliario formado por sillas, una cortina roja y una alfombra negra, que combinados con el color amarillento del mármol ónice de la pared, imitan los colores de la bandera alemana,






































































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